LAS PALABRAS



Las palabras son independientes del hombre. No son habladas por él, sino que el hombre es hablado por la palabra. 

Hubo un tiempo en el que todo tenía la facultad de la palabra: las montañas hablaban con los árboles, y los árboles con los arroyos y los arroyos con los ríos, y los ríos con el mar, y el mar con el cielo. El cielo hablaba con las nubes, las nubes con la hierba, y la hierba con los insectos, y éstos con el resto de los animales. Y así hasta no saber el fin. Pero luego -no se sabe cómo- las palabras fueron sólo cosa de los hombres. Salieron de las cuevas, se iban a cazar, se reunían en torno al fuego y veneraban a sus dioses. Todo lo hacían con las palabras. Y así hasta nuestros días. Cada vez que necesitamos transmitir algo, nos valemos de las palabras; si sólo pensamos en algo, usamos las palabras. No podemos evitarlo. No hay nada más allá de las palabras. Somos, queramos o no, portadores de las palabras. 

Algunas palabras se quedan grabadas a fuego en nuestra memoria, como tatuajes del alma. Esas palabras ejercen en nosotros un poder de sometimiento. “Nunca dejes de quererme”. Puede ser una orden o una súplica, no se sabe cuál de las dos es más poderosa. Y es que las palabras pueden transformarte. Depende del efecto que ejerzan sobre nosotros. “Las palabras”. Hay quien piensa que el lenguaje no es una creación del ser humano, sino que el lenguaje es un virus que habita en nosotros.

No hay palabras blancas. Hay seres blancos, lugares blancos, animales blancos, pero no palabras blancas. Las palabras nos clasifican en algún lugar de la naturaleza, desde donde se nos puede identificar como seres más o menos cuerdos. Ante la palabra de otro, debemos posicionarnos a su lado o en su contra, porque siempre -nos guste o no- nos situamos en torno a la palabra. 

Las palabras nos guían en la oscuridad. Sólo tienes que seguirlas. Son el cascabel que suena en mitad de la tormenta, venciendo el viento asfixiante, penetrando súbitamente en los oídos. Entonces, por fin, escuchas “te lo prometo”, y tu corazón comienza a galopar como un animal herido que se debate entre vivir o morir, y elige vivir. Las palabras pueden ser el alimento del corazón.

Las palabras despiertan nuestros deseos. Incluso si el deseo está oculto en lo más recóndito de nuestro ser, pudriéndose en las sórdidas entrañas. Un deseo ciego como un gusano, alimentándose de oscura y húmeda tierra. Solo tienes que escuchar: "ven, abrázame".

"Uno más uno es uno, si la suma somos tú y yo". Para las palabras no existen las sumas ni las restas, sólo las multiplicaciones porque una palabra es el múltiplo de otraTampoco las palabras entienden de fracciones o divisiones. No las necesitan. En cambio, los números necesitan de las palabras para que puedan llamar a cada cosa por su nombre. Las palabras son más poderosas que los números.

Algunas palabras son frágiles como copos de nieve. Entre la vida y la muerte, a veces, no hay más que copos de nieve que desaparecen en cada pisada; copos de nieve que caben en una sola mano como las palabras, y que duran el instante que tardan en derretirse. No es fácil no traicionar las palabras.

En ocasiones, las palabras también se pierden en la memoria. Se cuelan por los huecos del olvido como filamentos de agua. Una ola de mar acaricia la orilla, entonces viene otra y la reemplaza, y luego otra, y otra más, y todo se pierde en una respiración honda y resacosa.  La copa de un árbol se deshoja poco a poco y susurra cimbreada por el viento. El frío y la lluvia resbalan sobre su tronco sordo, mientras las raíces se hunden con más garra a la tierra, y el árbol es ajeno a todo esto, porque los árboles no tienen recuerdos. Los recuerdos son así. Aparecen en sueños caprichosamente y luego huyen escurridizos. A veces, duermen postergados en nuestra mente, esperando que alguien venga a rescatarlos. ¡Qué somos sino recuerdos!. Pasto de la memoria. Silencios sonoros que resuenan en las cavernas de nuestra cabeza. 

 ¡El silencio!. Esa concha vacía que encierra recuerdos como trozos de pan que vamos dejando por el camino. El silencio no critica, no analiza, no somete. El silencio sólo reposa. Hay quien se resguarda en el silencio en perfecta simbiosis. Cuando la tormenta de nieve te envuelve, ya no hay espacio para las palabras, ya no son seguras. Entonces, el silencio es lo único que importa. ¿Por qué salir del silencio?. En el silencio, las palabras se olvidan, pues lo que no se pronuncia, deja de existir. Ya sólo cabe señalar las cosas. 

Aunque en realidad el silencio no existe. El silencio absoluto no existe porque aunque sea apenas audible, nuestro corazón late con un leve pulso afanado en hacer circular toda la sangre. El silencio no existe. La voz que se alzó un día, permanece hoy en el espectro del universo y quizás mañana se escuchará de nuevo en algún lugar lejano. El silencio no existe. Todo lo que hoy vive lleva consigo el sonido del mañana. Hay un pálpito indefinible, indescifrable, en la naturaleza, incluso en el frío y oscuro universo, y se dice entonces que se oye el silencio. He aquí la palabra “Silencio”; una palabra que el ser humano se ha inventado para expresar aquello que no ha experimentado jamás, para describir lo que nunca ha conocido, pues todo en él y alrededor de él es un cúmulo de minúsculos estruendos, de minúsculas palabras.






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