DOROTEA - MICRORRELATO

 




Cogió el mendrugo de pan y lo partió en dos. Le dio un trozo a cada niño y pensó “mañana, Dios proveerá”. Podía soportar cualquier avatar de la vida, menos la mirada del hambre. Aquellos pequeños se habían quedado huérfanos a la edad de cuatro años, y a ella no le habían enseñado a ser hombre. Ahora le tocaba sacar adelante a sus hijos sin la ayuda del pobre Damián. 


Hablo de ella, de Dorotea Palacios, la mujer que aparece en el cuadro de Fillol; el mismo que me conmovió cuando descubrí la negra figura de una mujer agachada, llorando desconsolada, mientras el cliente esperaba impaciente a recibir los frutos que ella guardaba para “su Damián”. Y es que una madre puede hacer cualquier cosa para vencer la mirada del hambre. No le importa mancillarse. Entregarse a un extraño no es un ultraje, si se cierran los ojos. El placer no es placer, si se ahoga la voz. Dorotea Palacios fue pasando de mano en mano como falsa moneda hasta perder el recuerdo de su primera vez. La misma que la obra de Antonio Fillol Granel, titulada “la bestia humana”, recoge en la exposición “Invitadas” del Museo Nacional del Prado de Madrid. El artista describe la escena con un frío realismo. De pie, al lado de Dorotea, está la madame, doña Casilda, de quien se decía que era capaz de vender hasta el polvo de las mariposas. A pocos metros, también de pie, permanece don Ramón Osorio, cliente habitual de la casa de “las bellas durmientes” como así se la conocía en los círculos lenocinios. 


Finalmente, doña Casilda logra convencer a Dorotea, mansamente, como se apacigua a los caballos, recordándole que en casa le esperan sus retoños. Dorotea se seca las lágrimas. Tiene un último pensamiento para Damián. “Dios me perdone”. Se pone en pie y cruza el umbral de la puerta. A partir de ese momento, Dorotea deja de ser mujer. 






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