GALATEA - MICRORRELATO
"¿Quieres algo?". Le retiró un mechón de pelo que le veteaba la cara. Pero ella no contestó. "Si quieres algo, me avisas". Ella estaba sentada en el sofá. Ninguna expresión humana se representaba en su rostro. "Yo voy a prepararme la cena. Tú espera aquí." Al rato regresó y la encontró exactamente en la misma posición. "No he tardado, ¿verdad?". Ella seguía con los ojos fijos en un lugar indeterminado. Ni siquiera estaba mirando la televisión. "Yo voy a comer, con tu permiso". Y se inclinó sobre la bandeja. "Sube el volumen, son los deportes". Pero ella no lo hizo. Él tuvo que levantarse para coger el control. Pasó por su lado y le dijo “anda no te enfades”, y le dio un beso en la mejilla. Luego, la miró de reojo y vio su blanca mano a centímetros de la suya. La sujetó con ternura y le dijo “eres lo más importante que me ha pasado en la vida”. Volvió a darle otro beso en la mejilla. “¿Sigues enfadada?”. Pero ella continuó sin responder. “Bueno, ya se te pasará”. Y se levantó.
Al día siguiente ella no desayunó. Tampoco le dirigió la palabra. Él se fue a trabajar pensando por qué razón le duraba tanto el enfado. ¿Sospecharía algo?. Fue sólo una vez. No era culpa suya que hubiera congeniado tan bien con aquella mujer. Pensándolo bien, él no hizo nada. “Hola, ¿eres tú el que sale en televisión?”. Fue ella quien comenzó la conversación. “Tenía ganas de conocerte”. Y luego surgió la química. Él se fijó en su bonita dentadura. Eso siempre le había atraído de una mujer. Una sonrisa lo podía todo. Aquella tarde se acostaron juntos. Fue una sola vez, y fue extraño. No estaba acostumbrado a escuchar esos chillidos de gata feliz. Y prefirió escucharlos en lugar de ahogarlos con sus besos. Le hacían sentir bien.
Cuando regresó del trabajo, la encontró en la misma actitud. Tampoco se dirigieron la palabra. Sin saber por qué se acordó de aquella tarde y de que en el bolsillo de su chaqueta se guardó un papelito con el número de teléfono. Se fue al armario, lo encontró, memorizó el número y se deshizo de él. ¿Sería capaz de recordarlo?. Quién sabe. A lo mejor, mañana, al despertar, habría olvidado todo.
Ya era el tercer día que no se habían cruzado palabra. Él tampoco hizo nada para remediarlo. Estaba cansado de ser siempre él quien daba su brazo a torcer. Lo que sí le preocupaba es que ella tampoco había probado bocado en todo el día. ¿Estaría enferma?. Cuando regresara del trabajo, hablaría con ella o al menos le pondría la mano en la frente para descartar que tuviese fiebre. Antes de salir de la redacción, sentado en su escritorio, cogió papel y bolígrafo y escribió el número que aún recordaba. Lo observó durante unos instantes. Al fin se decidió a llamar. “Hola, soy yo”, dijo cuando descolgaron. Ella lo reconoció al instante. “¿Podemos vernos?”.
Al llegar a casa tuvo una sensación de soledad que hacía tiempo había olvidado. Encontró la casa a oscuras. ¿Estará ella?. Dio la luz y comprobó que permanecía sentada en el sofá. ¿Tendrá jaqueca?. Se acercó y la miró fijamente. Ella no respondió con la mirada. Parecía no haberle visto. En esos instantes él pensó que en realidad ya no quedaba nada de lo que hizo enamorarse de ella y dijo “al carajo”. Entonces se acercó y la agarró por la cintura, la levantó, le dio la vuelta y abrió un pitorro situado en su espalda. En seguida el aire salió y en minutos ella quedó desinflada sobre el sofá.
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